Las primeras manifestaciones dramáticas, y, con ellas las teatrales, han aparecido en todos los países mucho antes que la actividad literaria.

La psicología popular nos demuestra que las danzas mímicas que ejecutaba el mago de una tribu acompañándose de músicos y coros de cantantes para conjurar con su ayuda la fuerza del enemigo y sobre todo el poder de los malos espíritus, todavía subsisten hoy en pueblos de escasa civilización.
Adoptando por medio de un disfraz la forma del ser maligno, representado casi siempre como un animal cualquiera, e imitándole con una exactitud muchas veces desconcertante, se abrigaba la esperanza de contrarrestar absolutamente su influjo.
En estas pantomimas reconocemos el tipo primordial de la representación dramática que, como la Expulsión de la Muerte (pantomima popular quese celebra todavía en algunas comarcas de Europa central y que por lo general termina quemando o echando al agua un fantoche, simbolizando la lucha entre la vida y la muerte) o como grotescas mascaradas, se ha transmitido hasta nuestra cultura, sin cambiar apenas de forma.
Más tarde, y en un grado mayor de civilización, en la prehistoria del pueblo griego, los espíritus o demonios se subordinaron a otros seres superiores, a los dioses.
Como demonios del campo y de la vegetación fueron temidos todavía y, por tanto, imitados por el mago.
Pero una vez desaparecido el temor ante estos seres de naturaleza inferior, quedó únicamente la pura fruición de los espectadores por la pantomima.

En este período se celebraban las danzas de individuos disfrazados de machos cabríos en honor a Dionisios. El público se interesaba por los sufrimientos del dios y reía con los grotescos saltos de los sátiros, a los que en otro tiempo había temido.
Así brotaron los gérmenes de la tragedia y de la comedia.